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Una consultora informática, que estaba ayudando a un hombre a configurar su ordenador, le pregunta qué palabra le gustaría utilizar como contraseña para entrar en su sistema. Con la intención de ponerla en una situación embarazosa, éste le dice que escriba PENE con mayúsculas.
Ella, sin inmutarse ni decir una palabra, introduce la contraseña. De pronto, la chica casi se desternilla de la risa ante la respuesta del ordenador:
"Contraseña rechazada. No es suficientemente larga"
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Llega una esposa del trabajo, y el esposo le dice: -¿Dónde está lo mas hermoso de mi vida? A lo que ella contesta: -La cerveza está en la nevera!
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Una maestra nueva, trata de aplicar sus cursos de Psicología.
Comienza su clase diciendo:
- Todo aquel que crea que es estúpido, que se ponga de pie.
Luego de unos segundos de silencio, Jaimito, se pone de pie.
La docente le pregunta:
- Jaimito, ¿crees ser estúpido?
- No, señorita..., pero me da pena verla parada solita...
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Se está muriendo la suegra y en su agonía, mira hacia la ventana y dice:
-Qué lindo atardecer.
- Y el yerno le dice:
No se distraiga suegra. Concentradita… mirando el tunel, mirando el tunel
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Falleció un cardiólogo y le rodearon la urna de puros corazones, algo muy hermoso...
Y estaba Pepito y va y dice: ¿Se imaginan cuando muera el ginecólogo? ¡¡¡Yo no me pierdo ese funeral!!
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Otro...
- Papá, saqué un 7,2 en el control.
+ Muy bien, hijo, enhorabuena. ¿De qué era el control?
- De alcoholemia... ¡Se llevaron tu coche!
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Uno un poco machista (perdón quienes se ofendan):
Cómo fabricar una esposa:
Mezcle:
- 8 anacondas
- 4 pirañas
- 2 tarántulas
- 5 escorpiones
- 35 loros
- 6 alacranes
Ojo... No batir mucho, porque puede salir una suegra.
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Jaimito le pregunta a la maestra:
Maestra, ¿usted me castigaría por algo que yo no hice?
Claro que no, Jaimito.
Ahh, pues que bueno, porque yo no hice mi tarea.
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Una rubia con ganas de ligar le pregunta a un chico que estaba tomando un café: -¿Hola cómo te llamas? -Leo... -¿Y qué lees? -No no, que soy Leo! -Ah, pues yo sagitario!
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LA VIUDA
Alejandro invitó a su amigo Carlos a esquiar. Cargaron todo en su camioneta, y se fueron a Farellones.
Apenas salieron de Lo Barnechea, el tiempo se puso muy feo. El cielo se oscureció, empezó a soplar un fuerte viento inesperado para esa época del año, y los primeros ramalazos de aguanieve sacudieron el vehículo.
En ese momento vieron las luces de una casa sobre la ruta. Sin dudarlo, enfilaron en esa dirección para pedir refugio.
Salió a recibirlos una mujer vestida con pantalones y casaca que no lograban ocultar su esbelta figura, con los cabellos rubios ensortijados húmedos.
"Acabo de dar una vuelta para controlar que todo está en orden", explicó, "y veo que esta noche vamos a tener una fuerte tormenta. Pero sucede que yo he quedado viuda hace pocas semanas, y si los dejo dormir en mi casa temo que la gente hable; es algo que no me gusta para nada y que no me conviene."
"No se preocupe, señora", dijo Alejandro. "Nos basta con que deje que metamos la camioneta en las caballerizas que se ven al lado de la casa. Podemos refugiarnos ahí para pasar la noche. Nos iremos a primera hora de la mañana."
La señora aceptó, ambos hombres se dirigieron a las caballerizas y se acomodaron para pasar la noche. No bien despuntó la mañana se encontraron con que el tiempo había aclarado, y viendo que en la casa estaba todo en silencio y con las persianas cerradas, se marcharon.
Ese fin de semana ambos disfrutaron de lo lindo esquiando en Farellones.
Nueve meses después, Alejandro recibió una carta inesperada enviada por un estudio jurídico. Se devanó los sesos pensando de quién podía tratarse, hasta que al fin se dio cuenta de que era de los abogados de esa atractiva viuda que habían conocido aquel fin de semana.
Subió a su camioneta y se fue a casa de su amigo Carlos.
"Carlos, quiero preguntarte algo", le dijo. "¿Te acuerdas de esa viuda tan buena moza de.."
"Sí, me acuerdo", respondió de inmediato el otro.
"Dime la verdad: esa noche, mientras dormíamos en la camioneta, ¿te levantaste y fuiste a la casa a verla?"
"Sí", confesó Carlos, algo avergonzado al haber sido pescado en falta, "a ti no te puedo mentir, Sí, lo hice pasamos una noche de locura tremenda."
"¿Por casualidad le diste mi nombre, haciéndote pasar por mí, y le diste mi dirección como si fuera la tuya?", preguntó Alejandro con voz incrédula.
Carlos enrojeció. "Sí, lo siento, viejo; yo tenía en la billetera la tarjeta que me habías dado cuando te mudaste, y le di ésa. Tú no tienes compromisos, vives solo, eres más canchero para defenderte en caso de problemas..." Se encogió de hombros. "¿Por qué? ¿Pasó algo?"
"Si...
Murió el mes pasado, y me dejó toda su fortuna."